Los caleños tenemos mil
razones para quejarnos: muchos pensamos que hace décadas no tenemos un
buen alcalde y los concejales tampoco nos deslumbran; consideramos que
no merecemos la congestión ni el desorden de las estaciones del MIO; si
hablamos de civismo, es con nostalgia porque ya a nadie le importan “los
demás”… en fin. Día a día, vemos cómo nuestra ciudad se encuentra
sumida en una situación realmente caótica, con un futuro nada alentador.
La falta de liderazgo de los
gobernantes, los trancones en las horas pico, las estaciones del MIO con
personas atropellándose para abordar el bus, la carencia de amor por la
ciudad, todo muestra que Cali ya no es un buen vividero. Es triste
decirlo, pero es una realidad latente.
Empecemos con la falta de liderazgo, y
para ello hagamos una lista de exalcaldes nombrados por elección
popular, recordados con ingratitud: Mauricio Guzmán (1995-1997), Ricardo
Cobo (1998-2000), Jhon Maro Rodríguez (2001-2003), Apolinar Salcedo
(2004-2007) y Jorge Iván Ospina (2008-2011). Si bien unos fueron peores
que otros, resultamos responsables de ello cuando los elegimos, pues
optamos “por el más nombrado en las encuestas”, “por el que nos va a dar
trabajo” o, más fácil aún, no participamos en las elecciones.
En cuanto a Rodrigo Guerrero, esperemos
hasta el 2015, cuando finaliza su segunda temporada, porque durante su
primer mandato (1992-1994) nos dejó la sensación de haber sido nuestro
último buen alcalde. Sin embargo, ahora poco se ha visto de ese gran
líder, y tal parece que fuera a cumplirse aquel presagio pesimista de
los críticos respecto de la continuación de alguna película: “las
segundas partes nunca fueron buenas”.
La moraleja es que los habitantes de
Cali somos responsables de una parte de esa triste historia pues no nos
interesa elegir a nuestros gobernantes. Una muestra de ello es que en la
elecciones más recientes a la Alcaldía no votaron ni la mitad de las
personas aptas para hacerlo: tan sólo el 42.84 % participó de la
jornada. Y para el Concejo hubo una cifra similar: un 42.39 % ¿Por qué
molestarnos con algo tan aburrido? Dejémosle eso a “los demás”.
Y sigamos con los insufribles trancones
de las horas pico. ¡Qué desespero! ¡Qué calor! ¡Qué estrés! ¿No se
supone que para evitar esto está el Pico y Placa? Claro que sí, pero el
problema es que nadie quiere sacrificarse ni un poco para mejorar la
movilidad, pese a que son casi 60.000 los vehículos que salen de
circulación con la norma. No obstante, antes de las 7:00 a.m. es
imposible transitar tranquilamente porque hay más de 350.000 carros
compitiendo por llegar a su destino sin que los sorprenda el Pico y
Placa. Eso quiere decir que los conductores preferimos madrugar más a
usar transporte público, y lo peor es que todos andamos afanados y
neuróticos por el pánico a ser multados. ¿Dejar el carro en la casa? Eso
que lo hagan “los demás”.
Ahora, intentar abordar un bus en una
estación del MIO es toda una odisea: empujones, codazos, pisotones,
malas caras y hasta insultos se reciben y se dan durante esta proeza.
Pero eso sí, nadie da un paso al lado, pese a que este servicio lo
compartimos más de 300.000 usuarios. Lo complicado del asunto es que
todos pensamos en hacernos adelante para abordar el bus de primeros
porque tenemos prisa. Entonces, de malas por “los demás”.
Personalmente, tengo grabada en mi
memoria una imagen infantil de la primera vez que vine a esta ciudad:
¡aquí la gente hacía fila para subir a los buses! Me pareció tan bonito
ver personas adultas como niños de colegio, organizadas por iniciativa
propia, esperando su turno para abordar, con paciencia y cortesía; sin
afanes, sin atropellar, sin “colarse”. Eso no lo veo hace más de veinte
años.
Estoy segura que ninguno de nosotros
está feliz viviendo entre tantas dificultades. Pero, además de quejarnos
tanto, ¿nos hemos puesto a pensar qué tan responsables somos de la
situación en la que está hoy nuestra ciudad? Cali necesita ciudadanos
responsables y comprometidos, que cambiemos nuestra manera de actuar.
Cali necesita que la sintamos en el corazón. Cali necesita que empecemos
a pensar en “los demás”, porque aquí olvidamos que todos somos –como
dice la canción del argentino Alberto Cortez– “los demás de los demás”.